Los viejos de dedos torcidos y el mundo desde el piso

 Los viejos de dedos torcidos

Empezamos a jugar al Newcom por el empuje de un par de compañeros que lo importaron desde otros ámbitos a nuestro club. Ya somos algunas decenas y varias veces por semana nos vamos alternando para rendir culto a la pelota y a la red. Durante esa hora y media, todas nuestras (pre)ocupaciones se trasmutan en intentar dominar la pelota y aplaudir los logros propios y ajenos. Nos embroncamos también cuando la pelota que lanzamos rebota en la red o se nos escapa una recepción hiriéndonos el orgullo, pero sabemos que es una bronca lúdica que dura poco. Se suele decir que la práctica del deporte es terapéutica, aunque, como toda terapia, tiene sus efectos secundarios. Basta revisar las manos de muchos y muchas de los jugadores; vas a encontrar que la última falange de algún dedo (o varios) se separa de la línea recta para formar un ángulo hacia abajo de unos 30°. El alcohol con romero de Fernando, esparcido con generosidad, alivia la hinchazón, pero los dedos siguen torcidos como trofeos testimoniales de la falta de pericia de las primeras batallas newcomianas. 


El mundo desde el piso

Vos no sabés en qué momento esa pelota que querés atrapar te va a pasar de largo y mucho menos, de qué manera tu cuerpo se aleja del bipedismo y se comienza a inclinar fuera de control. La cabeza golpea contra los espaldares de madera de la pared del gimnasio y tu trasero, tu rodilla y uno de tus brazos terminan golpeando en cámara lenta contra el piso. Cinco o seis cabezas de tus compañeros de newcom se inclinan asustadas y te gustaría desaparecer o teletransportarte lejos de ahí. Las emociones, como la corriente eléctrica, fluyen velozmente y cambian de polaridad. Por qué no me dejan en paz, ¿no ven que no me rompí nada? y, al mismo tiempo, qué suerte que están acá y se preocupan por mí. Se estiran unas manos para ayudar a levantarte y el orgullo no te deja aceptarlas. Necesitás unos segundos de quietud para reconocerte y recién después, te levantás y ponés cara de aquí no pasó nada, que siga el partido.

Seguís jugando hasta que un huevo gelatinoso aparece como por arte de magia en tu codo derecho. Otra vez las caras de susto ¡Llamamos a la emergencia! ¡Ponete hielo! ¡Tenés que ir al médico! Tu cuerpo se convierte en objeto de consideración pública y es ahí cuando te das cuenta que en la vida real no existe Ctrl Z. 


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