Sobre arrobas y equis…

 Equis y arrobas

(texto escrito en 2023 o por ahí)

No voy a escribir sobre lenguaje inclusivo, voy a escribir en lenguaje inclusivo, si digo “todos los pianistas” me refiero a todas las personas que tocan el piano, independientemente de sus caracteres sexuales físicos y de sus preferencias sexuales. Me voy a referir a la moda de sustituir en la escritura de los sustantivos plurales y de sus acompañantes la “o”, la “a” o la “e” de su última sílaba por una arroba, una equis o algún otro signo. Mi objeción es simple, no se puede escribir con signos que no se puedan pronunciar. Las razones también son simples: en primer lugar, una cuestión práctica, si está escrito, lo tengo que poder leer en voz alta. El segundo argumento es un poco más profundo y tiene que ver con la primacía de la lengua oral sobre la escrita. Es difícil decir cuánto hace que los humanos hablamos pero, sin duda, varias decenas de miles de años. Sí es fácil determinar cuánto hace que escribimos: no mucho más de 5 ó 6000 años. “Escribimos” es un decir, porque hasta hace 200 años, los que escribían y leían eran una ínfima minoría. La invención de la imprenta, el desarrollo del periodismo y la universalización de la enseñanza escolar produjeron la popularización de la escritura. También ocurrió que los sistemas de escritura se fueron estandarizando, lo que nos permite hoy comunicarnos por escrito con bastante fluidez aunque hablemos variantes del mismo idioma y vivamos en regiones diferentes. Basta mirar documentos de hace doscientos años para ver grafías vacilantes y disímiles. Pero lo importante a tener en cuenta es que la lengua es básicamente oral, la escritura es un registro. Ya lo dijo Saussure, el signo lingüístico es la unión de un concepto y una imagen acústica. Hay lingüistas que lo podrán explicar mejor que yo. Si partimos de este principio, entendemos que el lenguaje es propiedad de los hablantes y son ellos en forma colectiva e inconsciente que la van haciendo cambiar. En tiempos en que la escritura era privilegio de unos pocos, la distancia entre la lengua “culta” escribible y la lengua “vulgar” (que no quiere decir otra cosa que la que hablaba la gente), se iba agrandando con el tiempo. Eso pasó con el latín. En las distintas regiones de Europa donde el Imperio Romano había posado sus pies, el latín se fue transformando, mezclando con otras lenguas y así surgieron cientos de lenguas locales. Mientras, los “sabios” de la Iglesia, seguían escribiendo en latín. Hasta que, de a poco, algunos letrados comenzaron a escribir la lengua vulgar y el latín fue desapareciendo, primero de las casas de la gente hasta quedar confinado como lengua de iglesia. ¿Qué tiene esto que ver con las arrobas? Muy simple, el lenguaje cambia en la oralidad y la escritura lo sigue de atrás. Pretender cambiar desde la escritura es una postura elitista y aristocrática y además, torpe, porque nunca puede prosperar una escritura que la gente no sabe cómo se lee. No por desconocimiento o falta de práctica, como nos podría pasar con un apellido polaco, sino, simplemente, porque no tiene una correspondiente fonética o resulta impronunciable en ese contexto como es el caso de la equis. Yo puedo leer “nexo” o “xilofón” pero no puedo leer “lxs amigxs” por lo menos en nuestro repertorio fonético castellano.


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