Creer o reventar
Me puse a mirar un documental que intentaba explicar el funcionamiento de una computadora cuántica. Por supuesto que entendí muy poco y adquirí la convicción de que hay cerebros humanos que funcionan en otra dimensión y -para bien o para mal sus inventos funcionan y terminan impactando en las vidas de los demás.
Cuando visito museos o muestras de arte contemporáneo tengo un sentimiento parecido, acompañado de una leve sospecha de que me están tomando el pelo.
Algunos artistas hacen cosas maravillosas que me sorprenden, pero otros, demasiados en mi humilde opinión, construyen objetos (cuadros, instalaciones, esculturas) que necesitan explicación o, simplemente, exigen que uno acepte, contra su intuición, que son el fruto de un auténtico espíritu creativo… Muchos escritores que hoy admiramos, fueron incomprendidos en su tiempo, tal vez yo sea uno de los incomprendedores del presente; pero sospecho que la alta consideración de estas “obras de arte” desaparecerá cuando el curador pase de moda.
Lamarck, Darwin y Wallace cambiaron, en el siglo XIX, la comprensión de la vida y su increíble diversidad y complejidad. Nuestra pequeñez temporal nos lleva a pensar que un cangrejo es un cangrejo, que una cebra ostenta su rayado disfraz como las arañas tejen su tela desde siempre. La loca idea de que estos tres animalitos, y nosotros mismos, somos el fruto de una cadena de eventos azarosos y adaptaciones sucesivas ocurridas durante millones de años, me resulta genial pero, a la vez, difícil de aceptar así nomás. Mutaciones aleatorias, fallas, errores de copia de código, millones de veces en millones de años resultan en un ojo perfecto, en un alacrán, una bonita y peligrosa medusa o en un cerebro humano. Pienso, leo, entiendo y les doy la razón, todo parece indicar que la tienen, aunque sea más fácil de aceptar el relato de la creación en seis días. El relato del big bang resulta tan parecido a aquella canción cristiana “Todo era frío, sin vida y tenebroso, cuando de pronto se oyó la voz de Dios, la luz rasgó con un trueno las tinieblas y el mundo entonces de la nada surgió” (cito de memoria), salvo por la alusión a Dios. Creer o reventar. Lo mismo sobre el mundo subatómico, ¿cómo le demuestro a mis nietos que esta piedra fría e inmóvil está llena de huecos y de partículas eléctricas que giran continuamente?
La ciencia económica nos explica lo que vemos y hacemos todos los días, en un lenguaje que parece adecuado a la física cuántica. Con la diferencia de que sus inventos no funcionan y sus argumentos no convencen, aunque vencen y ocupan todos los informativos y los programas políticos. ¿Cuándo se jodió la economía? Seres humanos interactuando con la naturaleza y entre ellos para conseguir lo que precisan para vivir: parece simple. Al expandirse por todo el planeta, amontonarse en ciudades, parcelar las tierras y las fuentes de riqueza material, la mayor parte de los humanos dejaron de tener un acceso directo (que no quiere decir que fuera fácil) a los recursos ofrecidos por la naturaleza y pasaron a depender unos de otros de forma radical. La mediación del dinero se hizo imperativa y se convirtió en una barrera muy limitativa para muchos y en una llave de acceso para otros. Para todos, una varita mágica capaz de poner el mundo a sus pies. Ya no importa quién ordeñe las vacas, la leche está esperándote en una bolsa en la góndola refrigerada del supermercado. El mundo supermercado se define como aquel donde “se puede lo que se quiere”, parafraseando a Dante que definía así al Paraíso. Gran parte de la ciencia económica deja de estar centrada entonces en las relaciones de producción e intercambio y se centra en el dinero como entidad independiente: dólares, acciones, bonos e índices que suben y bajan bailando al son de operadores misteriosos.
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