Apocalipsis, ni tanto ni tan poco

 Enviado para su publicación en La diaria el 12/5/2026

En un artículo publicado en La Diaria el 6 de mayo, Marcelo Aguiar Pardo apunta contra los discursos colapsistas o apocalípticos que consideran inevitable un desastre ambiental y demográfico sin dejar espacio para soluciones. Estas posturas generan, según el autor, sentimientos derrotistas que fomentan, sin quererlo, los discursos antipolíticos. Quienes niegan la gravedad de los problemas ambientales se aprovechan de las exageraciones inmediatistas de los apocalípticos para deslegitimar toda advertencia sobre los peligros de nuestro modo de producción y consumo. El artículo advierte también sobre las posturas que, ingenuamente, desacreditan todo rasgo de modernidad idealizando la naturaleza como si fuera posible regresar a un supuesto pasado idílico de vida silvestre. Otra derivación tiene que ver con la conducta “demográfica” de quienes tienen conciencia ambiental. Según un estudio mencionado en el artículo, los “ecologistas” son más propensos a renunciar a tener hijos que quienes no lo son.

Podemos estar de acuerdo en que la postura colapsista es paralizante. Sus efectos podrían ser una depresión generalizada o un carpe diem hedonista, fatalista y desesperado que aceleraría el anunciado colapso.

Respecto a las conductas antinatalistas, no podemos culpar al ecologismo y al miedo apocalíptico por la baja natalidad y el consecuente estancamiento y envejecimiento poblacional -que no es igual en todas partes del mundo, vale aclarar-. No discuto los resultados de los estudios sobre las diferencias en las aspiraciones paternales y maternales de los ecologistas y de los que no lo son, pero estoy seguro de que las causas de la transición demográfica son otras: el aumento de la expectativa de vida y de la escolarización; el mayor acceso a bienes de consumo; la creciente participación de las mujeres en los mundos laborales, académicos, deportivos, artísticos, que relegan a un segundo plano el mandato de la maternidad; entre otras. La consecuencia es un enlentecimiento o estancamiento del crecimiento poblacional que se compensa parcialmente con la prolongación de la vida. En nuestro país es claro que eso ocurre y todos los días escuchamos a alguien que se lamenta por ello aunque la inmigración compensa en parte los efectos.

Dejando de lado al viejo Malthus, no se puede negar que el aumento exponencial de la población humana en las últimas décadas ejerce una presión preocupante sobre el limitado entorno vital terrestre. Quizás, las conductas que moderan este aumento sean una respuesta evolutiva colectiva de supervivencia que las sociedades deberán afrontar con inteligencia para reorganizarse en función de las nuevas pirámides poblacionales, que ya no serán tan pirámides, habrá que cambiarles el nombre.

Manejar este asunto como una preocupación contable sobre aportantes y beneficiarios de la seguridad social parece un poco simplista y poco imaginativo. Es verdad que hay (y cada vez habrá más) viejos y menos personas en edad laboral, pero también es cierto que los acelerados cambios tecnológicos en la producción permiten producir lo mismo con mucha menos mano de obra. Si la organización económica fuera equilibrada y no una loca carrera por producir y consumir más, una cosa compensaría la otra. Ese aumento en la cantidad de personas mayores también genera nuevas necesidades de mano de obra en el sector de cuidados. Uno podría preguntarse para qué sirve el desarrollo tecnológico si no es capaz de responder a una circunstancia como esta. Si la robótica y la inteligencia artificial permiten que se pueda producir mucho más con mucho menos trabajo humano, de lo que se trata es de redistribuir para que toda la sociedad reciba lo que necesita y dejar de lamentarnos porque nos reproducimos menos. No parece estar ocurriendo esto sino todo lo contrario, una enorme concentración de poder y riqueza en pocas manos y que los más pobres sufran las consecuencias de los impactos ambientales que nuestro modo de producción y consumo producen.

Respecto a la idealización o romantización de la naturaleza, no se puede negar que hay una postura ingenua e inconducente en muchas personas que sueñan con un retorno a un mundo preindustrial o paraíso perdido como respuesta a esta crisis ambiental. Aunque se trate de posturas idealistas con poco efecto práctico, no hacen daño a nadie y sirven para llamar la atención sobre la generalizada indiferencia ante el hecho de que en última instancia, todo lo que tenemos, disfrutamos y sufrimos viene de la naturaleza. Que los índices bursátiles suban o bajen, que haya más o menos oro en las bóvedas de los bancos, no es la clave para la buena vida de la gente. Es posible vivir mucho mejor consumiendo mucho menos (los que hoy consumimos mucho) y repartiendo mejor. El libro de Mauricio LIma (El libro Austeridad o barbarie: ensayos para que la razón y el corazón se convenzan de querer entonar la retirada | la diaria) lo explica muy bien. El problema de la idealización de la naturaleza es la contracara de la prescindencia de esta en nuestra conciencia como consumidores y del optimismo tecnológico, también ingenuo: en todos los casos se ve a la naturaleza como algo ajeno a nosotros. Lo que importa es reconocer que, nos guste o no, somos una especie animal que interactúa con otras especies animales, vegetales, hongos, bacterias, algas y con el mundo mineral, y que esa interdependencia permite (o no) que la vida se siga desarrollando de esta o de otra manera sobre el planeta. Los mensajes marquetineros de “cuidar al planeta” nos colocan en un lugar paternal. El planeta se cuida solo y estaría muy feliz de librarse de este molesto animalito de dos patas, lo que tenemos que saber es que somos parte y no dueños de la vida. Cuidar las condiciones para que esta se desarrolle armónicamente es cuidarnos a nosotros mismos y a muchas otras especies que hoy están en peligro. Nuestra capacidad de producir y consumir modificando el entorno y con conciencia de ello, nos coloca en un lugar de responsabilidad.

Los discursos catastrofistas pueden ejercer un efecto de impotencia y resignación en la gente joven (y en la no tan joven, también). Algo parecido ocurre con el optimismo tecnológico ingenuo que postula que la tecnología puede compensar los daños sobre la naturaleza. Algo parecido ocurre con quienes creen que todo lo que importa es poder comprar y que todo va bien si tenemos al alcance el nuevo modelo de auto eléctrico, el último iphone y la versión 2027 de videojuego favorito.

Los problemas ambientales son la consecuencia de un modo de producción y consumo y no alcanza con la buena conciencia para solucionarlos. Hay una estructura económica que no puede prescindir del crecimiento permanente de la producción y del consumo. Mientras esa estructura, que llamamos capitalismo, no se modifique, la influencia humana sobre el entorno será cada vez mayor y llegará un momento en que sí tendrán razón los catastrofistas.




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