LA ESCUELA DEL OTRO JOSÉ PEDRO
Texto escrito en 2018
El portón de la escuela está siempre abierto. Da a la Ruta 8, en la acera norte, justo enfrente de la terminal de ómnibus de Villa García, una corta calle paralela donde cumplen su destino algunos 103. También en la acera sur hay una antigua iglesia, pequeña pero bastante monumental.
Un cerco perimetral, muro bajo y reja encima al frente; tejido metálico en los laterales brindan contención a la actividad escolar. El edificio principal de la escuela, alargado y con techo a dos aguas forma una diagonal con respecto a la ruta. Sobre la puerta más cercana al portón de entrada hay una placa de bronce que dice el nombre de la escuela “Treinta y tres orientales”. Pero la placa está oscurecida por el tiempo y nadie se ocupa de mantenerla. No es desidia, nadie siente ese nombre como propio, fue puesto en los años de la dictadura. Es la escuela de Villa García, tal cual se ve claramente en una placa vertical de hormigón bien visible a la entrada, letras negras con fondo naranja con el nombre formando un logo bien reconocible. Es también, la escuela del maestro Martínez Matonte.
José Pedro Martínez Matonte dirigió esta escuela entre 1952 y 1975. Ese flaco barbudo, como el otro José Pedro, llegó cuando la escuela y la zona eran rurales. En el correr de los años colocó a la escuela como centro de una red comunitaria. Escuela donde los niños eran personas respetadas y las familias protagonistas. Las maestras y maestros trabajaban por encima de sus horarios. Se formó una cooperativa de producción agraria, una panadería, un taller de cerámica, se fabricaban bloques y se construyó el local anexo. Con el tiempo se ofreció un “internado” para que los niños pasaran el resto de la jornada contenidos en la escuela y realizando actividades a cargo de docentes voluntarios. También se armó un liceo popular con profesores honorarios. La Unidad Educacional Cooperativa funcionó varios años con participación de niños, padres, vecinos y personal de la escuela. Fue un modelo de autogestión productiva y de puesta en práctica de principios pedagógicos revolucionarios. La integración del trabajo manual e intelectual, la libertad de pensamiento, el orgullo por conseguir lo que se necesita con el propio esfuerzo eran las ideas fuerza. En una entrevista radial, declaraba con su voz pausada y cansina, dramatizando enfáticamente la última frase: “Ese maestro que en un día radiante de otoño mira por las ventanas y sueña, y el enjambre mira por las ventanas y sueña, y de pronto un día se anima y te pregunta: Dígame una cosa, ¿puedo sacarlos al campo? no muchacha, debes sacarlos al campo.”
En 1975 la dictadura irrumpió violentamente en la escuela y Martínez Matonte y varios de sus colaboradores fueron encarcelados. La escuela fue “intervenida” y la UEC desarticulada. Hay testimonios registrados que revelan el impacto de ese cambio de “estilo” en los alumnos. Pasó la dictadura y Martínez Matonte retornó a su querida escuela, pero ya enfermo y cansado no era el mismo, al poco tiempo se jubiló. Sin embargo, sigue presente, el edificio principal tiene un sector que todos conocen como “casa Matonte” donde vivía el maestro, en una suerte de integración apostólica de su vida privada y su actividad docente. En el marco de un trabajo académico para la Universidad de la República tuve oportunidad de conocer la escuela por dentro y de entrevistar a varias maestras y docentes. Ya no existe la cooperativa, ni el internado, ni el liceo popular (ahora hay un liceo cruzando la calle), pero todos los entrevistados coinciden en que existe una suerte de “cultura” o “mística” particular en esta escuela. El que llega no se quiere ir y el peso del colectivo docente es enorme, se respetan las jerarquías pero la más alta es la reunión de maestros que se realiza regularmente. Exigen y se exigen. Para dar solamente un ejemplo, hace unos años lograron que las clases de Inglés se dieran en forma presencial y no mediante videoconferencia.
“Los niños son de todos” nos señalaba una maestra explicando que no existe aquello de que cada maestra se ocupa de sus niños e ignora a los demás, todas son responsables de todos los alumnos. Los padres y madres pueden entrar cuando quieran a hablar con los docentes, no tienen que “pedir audiencia”.
A pesar de todos los esfuerzos y del entusiasmo, algunas maestras dudan de que algunos de sus alumnos logren terminar el liceo, los condicionantes negativos son demasiados. En palabras de Pierre Bourdieu: “el sistema escolar (…) mediante toda una serie de operaciones de selección, separa a los poseedores de capital cultural heredado de los que carecen de él. Como las diferencias de aptitud son inseparables de diferencias sociales según el capital heredado, tiende a mantener las diferencias sociales preexistentes.”1
En las entrevistas hubo cuestionamientos al mal uso de la tecnología. Una computadora para cada niño puede ser un instrumento fantástico para integrar a los niños y sus familias en el mundo digital, pero si el niño se pasa el día jugando con ella, se vuelve un escollo y un enemigo para su formación.
Varias maestras nos contaron cómo las exalumnas vienen a presentarles a sus hijos y tuve la oportunidad de presenciar cómo una madre jovencísima de 14 años venía a mostrarle a su hijo recién nacido a su antigua maestra. Este gesto, representativo del cariño que los niños conservan hacia su escuela, también genera preocupación por esas adolescentes que ya no van a terminar el liceo. Las docentes realizan un esfuerzo enorme pero es muy difícil compensar las carencias de capital cultural y particularmente lingüístico que arrastran desde sus familias “ves en las casas cosas y te das cuenta de las pavadas que les pedís a los chiquilines … le pido los deberes y encima prolijos, Y de repente no tiene una mesa … que le voy a pedir que tenga su cuaderno ordenado.”
Los problemas sociales no se arreglan sin la escuela, pero no se arreglan en la escuela. La educación puede ayudar a superarlos y realizar un aporte invalorable, pero el problema de fondo no está a su alcance solucionarlo. Se precisa más que buena voluntad, dentro y fuera de la escuela. El multiempleo docente que afecta a casi tres de cada diez maestros de enseñanza primaria pública y a casi la mitad de los de secundaria2, consecuencia directa del salario insuficiente, tiene consecuencias directas sobre la calidad del trabajo educativo. Muchas maestras expresan su impotencia ante problemas que vienen de fuera de la escuela.
La escuela tiene sus puertas abiertas y establece lazos con la comunidad barrial, pero muchas familias no concurren ni siquiera a las reuniones de padres, ¿será que la educación ha dejado de ser para muchos una vía imprescindible de superación?
La educación reproduce el sistema que la sostiene, dicen unos; brinda oportunidades de movilidad social, dicen otros. Ambos tienen razón, el sistema necesita de la educación para sostenerse, pero la transformación social también necesita de la educación. ¿Cuántos jóvenes rebeldes surgieron de sistemas educativos retrógrados y represivos?
Como la escuela Nº 157 de Villa García lo demuestra, se pueden hacer las cosas mejor, se puede trabajar con entusiasmo y alegría y pelear por los niños con cariño y profesionalismo, y eso ya es más que algo.
1 Bourdieu, P. (1997) Razones prácticas sobre la teoría de la acción. Anagrama, Barcelona
2 Datos tomados del Informe de la Encuesta Nacional Docente, 2015, publicado por INEED.
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