Una visión antropológica de la evolución de los roles familiares

Ponencia presentada en la actividad académica de SUPIA "Nuevas parentalidades y entramados vinculares contemporáneos" el 21 de junio de 2025

La ciencia antropológica carga con un pecado original que tiene que ver con su origen paralelo a los procesos de colonización de pueblos y territorios no europeos. La mayoría de los trabajos etnográficos eran realizados por antropólogos europeos que viajaban a territorios coloniales de sus países de origen o de las universidades en las que trabajaban. Se cargaba con el preconcepto evolucionista de que estos pueblos investigados eran una muestra de estadios evolutivos anteriores y que su estudio permitía comprender mejor a la civilización actual (europea, urbana y capitalista) que se concebía como el estadio superior civilizatorio. 

Esto comenzó a cambiar lentamente hace más o menos 100 años, cuando algunos antropólogos publican sus trabajos sobre investigaciones realizadas en pueblos no occidentalizados. Margaret Mead volvió de Samoa y publicó “Adolescencia, Sexo y cultura en Samoa” y B. Malinowski, “Los argonautas del Pacífico Occidental” por citar solo dos ejemplos. La antropología comenzaba a percibir las diferencias culturales como diversidad y no como estadios de una evolución necesaria y unilineal. En la concepción lineal evolucionista, los grupos humanos recorren etapas desde el primitivismo antropoide hasta desembocar en la civilización, cuyo modelo más desarrollado era, por supuesto, el europeo. 

La visión antropológica sobre la diversidad cultural, en cambio, dejaba ver que los grupos humanos se organizan de diferentes maneras y que la cultura no tiene por qué seguir un camino de sentido único. Las costumbres de los pueblos no occidentales o no blancos dejaron de percibirse como síntomas de primitivismo y su observación sirvió como un espejo para comprender la propia cultura occidental como una más de muchas. 

Uno de los aspectos que más llamaba la atención de los investigadores y sus lectores eran las diferencias en las reglas de parentesco y estructuras familiares. 

Sí es cierto que había algunos elementos comunes y generalizados: el tabú del incesto -según la famosa tesis de Claude Lévi-Strauss- y la primacía de las madres en la atención de la primera infancia, razones biológicas parecen suficientes para explicar esto último. 

En el famoso libro de M. Mead se muestra a la adolescencia no como una etapa “natural” de la evolución de la persona sino como una característica de la sociedad urbana industrial ya que nada parecido veía ella entre los samoanos. Resultan muy interesantes las apreciaciones sobre la sexualidad, sus libertades y sus prohibiciones, así como el papel de las jóvenes en la crianza de los niños pequeños, entre otras. 

Malinowski establece lazos entre el psicoanálisis y la antropología tratando de adaptar la teoría freudiana sobre el complejo de Edipo a las diferentes condicionantes culturales.  

Podría decirse que la familia existe en todas las culturas, aunque sería necesario aclarar a qué nos referimos cuando decimos familia. En todas las sociedades las personas se organizan de determinadas maneras y los lazos de parentesco (tanto los de afinidad como los de consanguinidad) juegan un papel importante en esas estructuras. Las funciones de protección y subsistencia de los niños pequeños se cumplen en ámbitos familiares. Hay muchísimas variantes en cuanto a la educación de niños y jóvenes que puede estar a cargo de un núcleo pequeño (su madre y quienes formen parte de la familia) o de un ambiente extradoméstico: los grupos de edad, casas de hombres, aldeas de niños. En las sociedades modernas hay una externalización de muchas de las funciones educativas que son institucionalizadas. 

Podríamos seguir dando decenas de ejemplos de diversidad en cuanto a las reglas de parentesco; las preferencias matrimoniales; las obligaciones de padres, madres, tíos, hermanos, etc. La monogamia o la poligamia, especialmente la poliginia (muchísimo más común que la poliandria), las reglas endogámicas o exogámicas, los rituales de iniciación de varones, los tabúes sobre la “pureza” femenina y la menstruación. Son emblemáticos los complejos sistemas de parentesco de los habitantes nativos de Australia que desafían nuestra comprensión y exigen algoritmos matemáticos para desentrañarlos, lo que resulta paradójico ya que estos grupos fueron considerados los más primitivos. 

Cada grupo humano “reglamenta” de manera más o menos explícita, con mayor o menor rigor, la vida sexual y familiar, los matrimonios, la concepción y la crianza, los roles masculinos y femeninos de niños, jóvenes y adultos. Históricamente la familia nuclear es más común en entornos urbanos, mientras que la familia extensa lo es en sociedades rurales donde resulta una unidad económica y la extensión permite resolver los asuntos de la crianza. En China tradicional, por ejemplo, como sociedad patrilocal, un hijo varón es alguien que se queda y aporta hijos al grupo, mientras que una hija se va al casarse. En algunas regiones, la costumbre de “adoptar una nuera, casarse con una hermana” permitían integrar una niña externa a la disciplina familiar para luego casarla con uno de los hijos, impidiendo la formación de una familia nuclear en el seno del grupo y eludiendo, así, el tabú del incesto. El concepto del matrimonio, con todas sus variantes está asociado con el ejercicio de la paternidad.

La familia nuclear, en su versión “tradicional” constituida por una pareja heterosexual monogámica con un padre proveedor y una madre ama de casa no es tan tradicional como nos hicieron creer, es resultado del desarrollo urbano capitalista. Este sistema, al mismo tiempo que defendía este modelo como ideal y normativo, también tuvo un efecto paradójico. Al incorporar a la mujer al mercado de trabajo y fomentar el individualismo, permite cuestionar ese modelo y colocar a hombres y mujeres en igualdad de condiciones tanto en lo que respecta a las actividades fuera del hogar como a las tareas de cuidado hogareñas. El propio Marx lo profetizaba al decir que el régimen capitalista “crea las condiciones económicas para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos.” En las últimas décadas del siglo pasado, la liberación sexual, el mayor control de la natalidad y la igualdad entre los sexos ya estaban a la orden del día, aunque en la práctica no todo fuera tan idílico.

Este proceso se dio y se da de manera heterogénea en las diversas partes del mundo y en los distintos sectores económicos y culturales y las mujeres han seguido cargando con la mayor parte de la responsabilidad maternal, a pesar de su papel en la vida laboral, social y académica. A este proceso se sumó en las últimas décadas el movimiento por el reconocimiento de la diversidad sexual y los modelos de familia acompañan el proceso. Respecto de la diversidad sexual se está dando un proceso que va desde la “despenalización” social de la homosexualidad a su legitimación como relación válida de tipo matrimonial y su reconocimiento a la capacidad para ejercer las tareas de cuidado y crianza de los niños. 

La maternidad se retrasa; la monoparentalidad elegida es aceptada socialmente; el número de hijos se reduce; las parejas no heterosexuales acceden a la aceptación social y al ejercicio de la paternidad y maternidad; la monogamia serial se vuelve mayoritaria y los hijos nómades la costumbre. Las ciencias médicas hacen lo suyo al permitir la concepción de manera asistida. La expectativa de vida se alarga y los tiempos posjubilatorios se extienden. Los sistemas políticos acompañan con mayor o menor intensidad legitimando o trabando los cambios que la sociedad ya acepta. De todos modos, la cultura no es un todo homogéneo y los cambios no ocurren al mismo ritmo en cada país y en cada sector social, económico y cultural.

“Mi marido me ayuda”, decían (y dicen) algunas mujeres para comunicar la actitud colaborativa masculina con las tareas hogareñas. “Va a buscar a los nenes a la escuela, les da de comer, cambia pañales.” Dicho por una mujer ama de casa sin trabajo remunerado resulta comprensible. Cuando la emisora es una madre trabajadora a la par de su pareja, la expresión resulta reveladora de que la responsabilidad y el peso de las tareas hogareñas y de cuidados continúan recayendo sobre ella, a pesar de disponer de similar tiempo libre que su pareja masculina. La actitud colaborativa masculina es tomada como una muestra de generosidad que escapa a su estricta obligación. Los cambios culturales en los roles familiares que acompasan los cambios sociales no ocurren a la misma velocidad que las condiciones que los generan.

Unos cuantos miles de años son muy poco tiempo para la evolución biológica de cualquier especie, incluida la humana. Unas cuantas décadas es un corto período para la historia de una sociedad cualquiera; sin embargo, las circunstancias históricas, cambios en los sistemas económicos, mayor o menor dependencia de otras comunidades, pueden producir cambios significativos en la cultura y muchas veces ocurren desfasajes entre las condiciones materiales y las costumbres y divergencias en la velocidad de adaptación de distintos sectores de la sociedad. Esto ocurre con las “costumbres” o normas de convivencia familiares. A partir de la revolución industrial y, especialmente, desde la mitad del siglo XX, el ritmo de los cambios tecnológicos y, consecuentemente, la incidencia humana sobre la naturaleza, se ha acelerado de manera exponencial. Esta gran aceleración reduce los tiempos en los que los cambios en las condiciones para la vida de la sociedad se producen. Lo que antes ocurría a lo largo de varias generaciones, hoy transcurre en el período de vida de una persona. La cultura y las personas se ven presionadas a adaptarse de manera acelerada y esto no ocurre de manera armoniosa.  

Los modelos de familia se modifican ante nuestros ojos aunque permanece la necesidad esencial de que los niños que nacen cuenten con un espacio que los proteja y los contenga. 

Cuál o cuáles serán los modelos de familia de las sociedades futuras, no lo sabemos. Lo seguro es que los roles paternales y maternales tendrán que acomodarse a las nuevas realidades.


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