¿Idiotas útiles?
El 21 de marzo en El Observador, Alberto Spektoworski publicó un artículo analizando algunos aspectos del conflicto en Gaza. Hay que reconocer que se trata de un enfoque lúcido y crítico con el gobierno israelí que no voy a discutir. Entre sus virtudes, hay que destacar que no trata de antisemitas a quienes se estremecen por la masacre que está cometiendo el estado sionista. A cambio los trata de “idiotas útiles” y de “imbéciles útiles post-colonialistas occidentales”.
¿Cómo habría que llamar entonces a los judíos que, siendo buena gente en su vida cotidiana, no dudan en dar por buena cualquier acción, por sanguinaria e inhumana que sea, que haga el gobierno de Israel para defender, supuestamente, la existencia de su estado? ¿Cómo permiten que, en su nombre, se masacren familias enteras, hospitales, escuelas y se destruya la vida de todo un pueblo que no tiene, ni siquiera, la posibilidad de escapar de su lugar en el mundo? ¿Qué quiere decir con que el sionismo representa a un pueblo originario? El lema de la colonización sionista de la tierra de Palestina era: “Una tierra sin gente para un pueblo sin tierra”.
El ninguneo de los habitantes no judíos de esas tierras era explícito. Según esta concepción, si no son gente, se los puede expulsar, destruir sus casas, bombardear y considerar como ciudadanos (en el mejor de los casos) de segunda categoría en un país pensado solo para judíos.
Es verdad que la colonización de Palestina por los judíos no es igual que otros procesos donde una metrópoli manda una parte de su población a otro sitio distante. ¿Justifica eso el considerarse con derecho a expulsar a otros para ocupar su lugar?
La apelación al derecho a la tierra por razones históricas o genéticas ya no es válida en un mundo que, para mal o para bien, ya se encuentra totalmente ocupado en sus tierras habitables. Solo podría ser aceptable en aquellos casos de pueblos originarios que ocupan áreas muy poco explotadas por la economía capitalista moderna y cuyo avance implicaría una destrucción de un entorno que todavía estamos a tiempo de salvar de la depredación y de la cultura de sus sociedades.
Nadie tiene derecho a desplazar a otro con el argumento de que estuvo allí antes o de una supuesta continuidad genética con antiguos pobladores. Si así fuera, el mundo se convertiría en un gran manicomio como dice el historiador israelí Schlomo Sand en su libro La invención del pueblo judío. Por último, decir que los israelíes aceptaron al estado palestino y no al revés es un despropósito que no merece más comentarios.
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